Si cambiamos al hombre, podemos cambiar al mundo

La siguiente historia fue extraída del libro 20 pasos hacia adelante de Jorge Bucay:

Durante la semana el niño había perseguido literalmente al padre por toda la casa con su tablero de ajedrez debajo del brazo. Quería que el hombre se sentara con él a cumplir su promesa de jugar una partida para estrenar el nuevo tablero que le habían regalado para su cumpleaños.

—Ahora no puedo, Huguito  —le había dicho el padre más de una vez —, tendremos que esperar al fin de semana.

Por eso el sábado, apenas se levantó, Hugo vio a su padre sentado en el escritorio y corrió a su cuarto a buscar el tablero, todavía sin estrenar.

—Hoy es fin de semana ¿no, papi?  —preguntó el pequeño.

—Sí, hijito  —reconoció el padre —, pero ahora tengo que terminar un trabajo atrasado. Pídele a tu madre que juegue contigo.

—No, no  —protestó la pulga de seis añitos —. Tú me prometiste

—Es verdad. Pero en este momento tengo otras cosas más urgentes que atender.

—¿Y cuándo vas a terminar de atender esas cosas?

—Dentro de dos horas  —dijo el padre exagerando, con la intención de desanimarlo.

—¡Buf! —dijo el niño y dándose la vuelta salió de la habitación.

La aguja grande había alcanzado a la pequeña justo cuando esta llegaba al número 12, y eso, según le dijo su madre, significaba que habían pasado exactamente dos horas.

—¿Jugaremos ahora, papi?

—No, hijo. Los siento. Todavía no he terminado con mis cosas.

Pero tú me dijiste dentro de dos horas Eso es mentir.

—No seas así, Huguito, tengo trabajo pendiente.

El niño ya empezaba a dejar escapar un par de lágrimas, cuando su padre tuvo una idea. Tomó de su escritorio una revista que mostraba en la tapa un colorido mapa del mundo con división política.

—Mira, hijito, te voy proponer un juego  —le dijo, mientras arrancaba la hoja y buscaba en el cajón de su escritorio un par de tijeras.

El hombre hizo varios cortes, transformando la hoja en un montón de papeles de forma irregular.

—Esto es un rompecabezas, el juego consiste en montar el mapa del mundo poniendo cada país en su sitio  —dijo el padre —; cuando termines de montar el mundo jugaremos ajedrez.

El padre sabía que, sin tener idea de cómo era el planisferio, el niño tardaría más de una hora en montarlo y que eso los llevaría hasta la comida. Después de su siesta, quizá podría finalmente sentarse a jugar con su hijo, como le había prometido.

Otra vez resoplando, pero intuyendo que si no aceptaba esas condiciones no habría ajedrez, el jovencito tomó los papeles que su padre le daba y se fue a su cuarto.

Pasaron cinco minutos, quizá seis, cuando Huguito entró en la habitación con el mapa del mundo perfectamente montado. Cada país en su sitio y toda la hoja pegada con cinta adhesiva.

Ya está, papi. ¿Ahora vamos a jugar ajedrez?

El padre sonrió, confuso.

—¿Pero cómo lo has hecho?  —preguntó examinando el perfecto resultado—; si tú nunca has visto un mapa del mundo, ¿cómo lo has montado tan rápido?

—No papi, yo nunca había visto un mapa del mundo como este. Cuando lo recortaste vi que en el otro lado de la hoja había una foto de un hombre. Entonces, al llegar a mi cuarto, di la vuelta a los papelitos y coloqué las partes del señor, una al lado de la otra. Fue fácil. Cuando terminé de acomodar al hombre, el mundo se acomodó solo.

Esta historia representa para mí una de las metáforas más poderosas para definir la influencia que tiene el ser humano en sus propios procesos de cambio y los de las comunidades en que participa. Cada persona desde sus distintos roles, impacta positiva o negativamente a los demás, lo que hace necesario revisar, qué cosas estamos haciendo para generar bienestar a través de nuestras acciones.

La gran pregunta es: ¿tú también crees que si acomodamos al hombre, el mundo se acomoda solo?

CARMEN MILITZA BUINIZKIY
@MILITZABUINIZKY